Crónica de un Ironman : Mauro Bravo en Austria 2016

Como si The Quiet Man se tratara,  El personaje Sean Thornton (John Wayne) es un hombre tranquilo y pacífico que al final sólo cuando lo requiere se pone a pelear para ganarse el respeto de todo el mundo. Pues eso, Mauro , a nivel deportivo , se ha ganado a pulso el respeto de tod@s en  los dias que no había otra que no esconderse. Bravo , Mauro, Bravo.

Os dejo con su gran crónica, seguro que os va a gustar.

 Hacer un Ironman nunca fue mi sueño, lo tome prestado tomando una cerveza en la Rambla de Badalona. Allí alguien comentó aquello de ‘un Ironman es una experiencia extraordinaria, pero hacerla con 20 personas más es única’. La rauxa pudo al seny y esta es la historia que le sigue, un año después.

UBUNTU

“En África existe el concepto conocido como ubuntu, que encierra el profundo sentido de que somos humanos sólo a través de la humanidad de otros; de que si conseguimos cualquier cosa en este mundo, se deberá en igual medida al trabajo y a los logros de otros”. Nelson Mandela.

 

El último tramo del camino a Klagenfurt es una carretera secundaria entre verdes prados. Una imagen pasada por un filtro gris. Son las 5:30 de la mañana y en el coche suena una radio en alemán que nadie escucha. Marçal, Paula y yo estamos en silencio repasando qué hacer cuando lleguemos a los boxes. Dejamos la suplementación, completamos las bolsas con el material necesario en las transiciones y nos dirigimos al punto de encuentro donde nos equipamos para la natación. Nos abrazamos con el resto del equipo. Con las miradas perdidas, inmortalizamos el momento, nos deseamos suerte y nos desplazamos a la salida. Allí cada uno busca su lugar mientras espera la señal de inicio. Nadie habla.

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Poco a poco, la masa uniformada con neopreno, gorro y gafas se va desplazando hacia el arco. El paso se acelera progresivamente, al mismo ritmo que suben las pulsaciones. Para cuando paso sobre la alfombra donde se empieza a tomar los tiempos, sólo veo el agua y corro sobre la orilla sin sentir el tacto del fondo ni su temperatura. Enseguida me pongo a nadar y presto atención a mi posición. Me encuentro cómodo y sólo tengo que concentrarme en cómo nado. Brazada larga, agarre, rolido, respiración. Una y mil veces. El color turquesa del agua ofrece poca visibilidad, por lo que sólo logro ver una parte de cielo. Hay unas pocas nubes y parece que tardará en llover. Enseguida llego a la boya que marca el cambio de dirección. Llevo 1200m. La tomo sin dificultad y nado al mismo ritmo que las personas que están a mi lado. Tras un buen rato me doy cuenta que uno de ellos es Urko, con quien nado algo más de los 500m que hay hasta la siguiente boya. A partir de aquí, el sol da de cara y no se distinguen las balizas. Es difícil orientarse y el resto de nadadores tampoco llevan un rumbo claro. Tras corregir la orientación en un par de ocasiones, logro llegar al famoso canal. El agua se enturbia y la proximidad del fondo da la sensación de que nado más rápido, parece que esté arrastrando la cara sobre el asfalto de una carretera. Sólo quedan 1000m nadando entre abetos. Esto se acaba y no me encuentro cansado. Trato de incorporarme y me siento aturdido, sólo logro mantener la verticalidad gracias a los voluntarios que te ayudan a salir del agua.

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Desconozco el tiempo realizado, alguien golpeó mi reloj. Me desprendo de la parte superior del neopreno y me dirijo al box corriendo. Oigo mi nombre, pero no acierto a ver quién me anima. Recojo la primera bolsa sin problemas, tal y como había visualizado, pero tardo algo más de la cuenta en cambiarme, desgarrando uno de los calcetines. Entrego la bolsa y tomo la bici.

 

La adrenalina me permite ir comiendo la barrita mientras pedaleo los primeros kilómetros con mucha cadencia. Enseguida paso a Òpal – su sonrisa es un chutazo de energía – y a Anna, con los ojos inyectados de competitividad. Culos bonitos, piernas bonitas. Unos 20km más adelante a Javi – ya te pasaré corriendo, dice el fenómeno. No lo dudes, respondo – . Compromiso.  Más adelante es Eric el que me da alcance. Con look pro: casco aero y cabra con lenticular, aminora la marcha para decirme: vaya carrerón estás haciendo, ¿no?. Pienso que sí, que voy bien, que estoy disfrutando como un niño y empiezo a recordar los primeros días de entreno con el club, cuando no sabía cómo funcionaba esto, concretamente del día en que guardó mi bici en su furgoneta. Pasión. Más adelante paso a Jordi Martí. Algo va mal, pero no me lo comenta. A lo largo de todos estos meses me he contagiado de su curiosidad y voluntad de hacer las cosas bien. Entusiasmo. En el kilómetro 60 alcanzo a Urko y Reca. Mi esfuerzo es vencer la tentación de ir a rueda tras ellos. Tres miembros de un club juntos es carne de penalización, pienso. Disfruto yendo en paralelo cada uno de los 30km hasta cumplir la primera vuelta, comentando cada circunstancia de la carrera. Concentración. Relajación. Primer giro, reconozco a los míos, blandiendo los colores del club, aplaudiendo, alzando las enseñas, empujándome con sus gritos. Gallina de piel. Miro el Garmin y compruebo que llevo una media de unos 35k/h. Lo nunca visto. Empiezo la segunda vuelta dándome un homenaje en forma de bocadillo de jamón, cortesía de Marçal (ibérico, ¡eh!), con el que quitarme el regusto empalagoso de los geles. Tras varios kilómetros mascando sin poder tragar, decido tirarlo. El otro premio, el parmesano, hace tiempo que ha ido cayendo del cuadro de la bicicleta. Vuelve a llover, esta vez con más intensidad. Dejo de acoplarme para tener mejor control de la bicicleta. Aquí me quedo solo, coincidiendo intermitentemente con un alemán con un tatuaje en el gemelo y un austríaco con un dorsal de circunstancias. Con ellos acabaré el sector. En algunos repechos escucho a la gente animando bajo sus chubasqueros: Hoppa, hoppa – Suppa, suppa – Braffo, Braffo. Llego al kilómetro 120 y empiezo a notar calambres. Es el momento de tomar el magnesio líquido, consejo de última hora de Jordi. Referente. Recuerdo que cuando empecé tenía claro que la preparación del Ironman debía ser disfrutada, no quería que fuese una obsesión que me obligase a sacrificar demasiadas cosas. Gracias por no abandonar. Enseguida remiten las rampas y me concentro en lo que queda de ciclismo, 40km llaneando hasta el último repecho y desde allí todo bajada con mucha cadencia para iniciar de la mejor manera posible el tramo de carrera.

Dejo la bicicleta y cojo la bolsa sin dificultad. No llueve, pero el cielo está nublado. Dudo, pero finalmente agarro las gafas y dejo la visera. Empiezo a correr y las piernas me responden sin queja. Voy bien y disfruto también de los primeros kilómetros. Recibo la fuerza que transmiten Claudia, Montse, Ares, el gran Litus y las familias y amigos de Urko, Javi, Jordi, Oscar y Jaume. Pura fuerza. El ambiente es sensacional. Unos niños entregan esponjas mojadas de su pequeño cubo, una abuela aplaude con una cadencia de palmada cada tres segundos al grito de vi-va-Es-pa-ña, bares con la música a tope mientras la parroquia baila y aplaude, los que no tienen una cerveza en la mano, claro. Las piernas se aceleran. Can’t stop this feeling. Esto es una fiesta y estoy pletórico. Km 10. Llevo 55′ de carrera. Mucho mejor de lo esperado. Para entonces ya me han pasado Jordi y Javi. En el km 15 me cruzo con Oscar. Determinación. El tío no me ve, concentrado en ‘su carrera’. Admiro cómo ha llevado su preparación, siendo capaz de encajarla en su día a día. Km 17. toque de campana y de vuelta al lago. Me pasa Urci y suena Calamaro en mi cabeza. Constancia. Poco después sale Josh a mi encuentro – ¿cómo vas?, me dice. Hasta ahora bien, respondo. Descansa en los avituallamientos. Come. Bebe. Me tutela un par de kilómetros mientras recuerdo algo que me dijo en una ocasión – tú eres mi responsabilidad –. Empiezo a sentir dolor. Supongo que ese es el límite donde acaba una prueba normal y empieza la épica del Ironman. El punto en el que se forja el acero que da nombre a la prueba. Allí donde hay que tirar del músculo más potente de todos: la cabeza. Me cruzo con Arbe. Fuerza. Capturo una esponja al vuelo que me lanza. El sol aprieta y refresco mi cabeza, que ahora mismo es mi motor. Pronto completo la primera vuelta y por primera vez pienso en lo que me queda por sufrir. Pero allí están los familiares empujando, los niños de los cubos, la entrañable abuela, la parroquia que baila y la música de los bares levantándome las piernas a cada beat. Y los ánimos de los compañeros con los que me cruzo: Cristian, Victor, Isra y Paradell. Km 30. Adelanto a Sergi. Después de la meada más larga de mi historia las piernas no quieren reemprender la marcha, pero la cabeza gana. Vuelvo a adelantar a Sergi y cumplo con las indicaciones de Josh, convirtiendo la carrera en series entre avituallamientos, pero cada vez cuesta más ponerme en movimiento. Como, bebo, me refresco y acelero venciendo la resistencia de mi cuerpo en cada parada, hasta llegar a la plaza de Klagenfurt. Esto es duro. Toco la campana de la que me había hablado Ricky. Tenacidad. Los campanarios de las iglesias repican al unísono y hay un resol que convierte el pringoso pavimento en una inmensa losa dorada a mi paso. Magia. La meta está cerca y yo voy a llegar a ella.

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Me cruzo con Jaume. Respeto. Recuerdo sus historias contadas en las cenas de Tiana y El Paller y sonrio. Ahora formo parte de ellas. Oigo el ruido de la meta y Luque lo vuelve a hacer, me adelanta a escasos kilómetros del final. Pienso en los acoples que tan bien me han ido en la bici. Generosidad. Finalmente llego a la alfombra, pero no oigo al speaker, solo oigo mi nombre de la boca de Nil, Pol y Roger. Choco sus pequeñas manos y rodeo al tío que llega antes que yo, que se recrea en exceso debajo del arco. Allí un miembro de la organización me detiene y me dice ‘No hace que falta que corras más’.

… pero seguiré corriendo, porque en este tiempo he aprendido los valores del deporte, porque la cerveza sabe mejor después de correr y porque no conozco mejor compañía que la de la gente de Tri5U. U de Ubuntu.

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l'aina amb la @marionaescoda . quina gran vetllada ahir #euforiatv3 #festes

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